En resumen
Una web que no trae clientes suele tener uno de tres problemas: no entra nadie, quien entra no entiende en segundos qué haces, o no hay una forma fácil de contactar. Search Console te dice si el problema es de visitas; enseñar la web cinco segundos a alguien te dice si se entiende. Casi siempre se arregla sin rehacer la web.
Pagaste una web. Quedó bien: fotos grandes, colores bonitos, se mueve al bajar. La enseñaste y todo el mundo te dijo que quedaba muy profesional.
Y no ha llamado nadie.
Lo primero que hay que quitar de la cabeza es que el problema sea el diseño. Casi nunca lo es. Una web que no trae clientes suele tener uno de estos tres problemas, y son muy distintos entre sí: o no entra nadie, o quien entra no entiende qué haces, o lo entiende y no hay manera fácil de dar el paso siguiente.
Saber cuál de los tres tienes cambia por completo lo que hay que hacer. Y no hace falta adivinar.
Problema 1 · No entra nadie
Es el más común y el que menos se mira, porque es el único que no se ve abriendo la web. Tú entras todos los días, la ves funcionando, y das por hecho que los demás también.
Una web no trae visitas por existir. Una web es el sitio al que llega la gente desde otro lado: desde Google, desde tu ficha del negocio, desde tus redes, desde una tarjeta. Si no hay ningún «otro lado», la web está impecable y vacía.
El diseñador que te la hizo no te vendió tráfico, te vendió una web. Son dos trabajos distintos y casi nadie lo dice en voz alta cuando firma el presupuesto.
Cómo comprobarlo, hoy: entra en Google Search Console. Si no la tienes dada de alta, ese es el primer aviso. Mira las impresiones del último mes. Si son casi cero, el problema es este y ninguno de los otros dos importa todavía: puedes rehacer la web tres veces y no va a cambiar nada.
Y si tienes un negocio con dirección física, antes de tocar la web toca la ficha de Google. Para un negocio local trae más llamadas que la web, cuesta cero euros y se arregla en una tarde.
Problema 2 · Quien entra no entiende qué haces
Alguien llega a tu web. Tiene el móvil en la mano, está de pie, y va a decidir en unos segundos si esto le sirve o vuelve atrás.
En esos segundos solo lee lo primero que hay. Y lo primero que hay, en muchísimas webs, es una frase que no dice nada: «Soluciones a tu medida». «Contigo en cada paso». «Pasión por lo que hacemos». Son frases que valen igual para una gestoría que para una empresa de mudanzas, y por eso no sirven para ninguna.
Lo primero de tu web tiene que responder tres cosas en una línea: qué haces, para quién y dónde. «Reformas de baño en Avilés» es peor frase y mejor web que «Transformamos espacios».
La prueba más barata que existe: enséñale tu web cinco segundos a alguien que no sepa a qué te dedicas —un cuñado, un vecino— y quítasela. Luego pregúntale qué vendes. Si duda, ya tienes la respuesta, y no te la va a dar ningún informe.
Problema 3 · No hay un paso siguiente claro
El tercero es el que más rabia da, porque aquí el visitante ya te quiere. Entró, entendió, le encaja. Y entonces se encuentra con que para contactar hay que bajar hasta abajo del todo, buscar un formulario de doce campos y escribir un mensaje desde cero.
Las cosas que más veces he visto romper esto, todas de arreglo rápido:
- El teléfono escrito como texto. En el móvil tiene que ser un enlace que llame al tocarlo. Si hay que memorizarlo y salir a la aplicación de llamadas, se pierde gente por el camino.
- Un formulario que pide demasiado para un primer contacto. Cada campo obligatorio de más es una excusa para cerrar. Para empezar una conversación no necesitas el DNI ni el CIF: necesitas saber quién es, cómo le escribes y qué quiere.
- Ningún sitio donde contactar hasta el final. Si el visitante se convence a mitad de página, ahí mismo tiene que haber una manera de dar el paso. No al final, donde ya no llega.
- El formulario que no funciona. Pasa más de lo que parece: cambió el correo, caducó algo, los mensajes caen en spam. Pruébalo tú, hoy, con un mensaje de verdad.
Y una cuarta cosa, que no es un problema de web
La confianza. Una web sin dirección, sin cara, sin un teléfono visible y sin ninguna pista de precios pide un salto de fe considerable a alguien que no te conoce de nada.
No hace falta poner tarifas cerradas si tu trabajo no funciona así. Pero decir desde qué cifra suele arrancar un proyecto, o cómo es el primer paso y si cuesta algo, filtra a quien nunca iba a contratarte y tranquiliza a quien sí. Cuesta un párrafo.
Antes de pagar otra web
Dos preguntas. La primera: ¿cuántas visitas tuvo el mes pasado? Si la respuesta es «no lo sé», eso es lo que hay que arreglar antes que nada, porque sin ese dato cualquier cambio que hagas es una opinión.
La segunda: ¿qué quieres exactamente que haga quien entra? Llamar, escribir, pedir hora, venir. Una sola cosa. Si la respuesta son cuatro, la web va a empujar hacia cuatro sitios a la vez y no va a llevar a ninguno.
Es el mismo principio que dibujar un proceso antes de tocarlo: el recorrido de quien entra en tu web es un proceso más, con sus pasos y sus puntos donde la gente se cae. Sin mirarlo, rehacerla es cambiar de sitio el problema y pagarlo otra vez.
Por dónde empezar
Coge el móvil, quita el wifi y abre tu propia web con los datos, como un cliente cualquiera. Cronometra cuánto tarda en verse algo. Lee en voz alta la primera frase. Intenta contactar contigo mismo sin usar nada que sepas de memoria.
Ese recorrido de dos minutos te va a decir más que cualquier auditoría. Y lo que salga, casi seguro, se arregla sin rehacer nada.
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